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Una senderista en Málaga
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Hay muchas formas de ver el mundo, una de ellas es caminando por senderos serpenteantes y descubriendo pequeñas experiencias a cada paso. myspace layouts, myspace codes, glitter graphics Mis viejas botas, de tanto andar, ya viejas y rotas, las dejaré descansar. Image Hosted by ImageShack.us Image Hosted by ImageShack.us
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Una historia que contar

Desde el Refugio Poqueira en Sierra Nevada

Fecha: días 10 y 11 de Marzo del 2007

 

Ruta desde Capileira hasta el Mulhacén, haciendo noche en el Refugio Poqueira.

 

Silencio, silencio, solo el lejano murmullo del correr de un riachuelo. Las nubes se precipitan sobre las cumbres nevadas, parecen tener prisa y pasan enroscadas, el viento las mueve y agita, pero ellas se anclan sobre los picachos ocultando al sol el resplandor de la nieve.

 

Desde el refugio contemplo un paisaje en calma, relajante y estático, no hay prisas ni ruidos, no hay horarios. Observo cercanas las cabras montesas, habitantes del lugar que pasen y lamen las piedras y me miran con curiosidad. Moviéndose despacio una gata se me acerca, busca compañía alguien que acaricie su moteado pelaje y la acoja en el regazo para darle calor. Hay tanta paz. La tarde anterior llegamos al refugio cansados, el peso de la mochila me resultaba aplastante; llevaba el saco de dormir, ropa de repuesto, comida, agua, crampones, casco, mis cosas de aseo y en total transportaba sobre mis hombros 7 Kg. ¡sólo lo necesario!

A pesar de todo el camino que seguimos fue muy bonito, un arroyo nos hacía compañía, su agua cristalina y fría, su movimiento suave me hizo olvidar la fatiga del ascenso y el dolor que sentía en los hombros.

El día fue muy caluroso y despejado, magnífico ya que ni si quiera soplaba viento, y eso es de agradecer.

Después de inscribirnos en el refugio e instalarnos, bajamos al salón comedor donde una chimenea crepitaba calentando el lugar. Otros montañeros se divertían jugando a las cartas y reponían fuerzas comiendo y bebiendo. El ambiente era muy agradable y el menú para la cena bastante completo: entrante (sopita d verdura calentita), primer plato, segundo plato y de postre una deliciosa crema de chocolate. El Refugio Poqueira es bastante bonito, acogedor y limpio. Su exterior es de piedra, techo rojizo y en el interior abunda la madera. Está guardado permanentemente y dan desayuno, almuerzo y cena; también existe un cuarto para utilizarlo para cocinar con los hornillos y las habitaciones poseen literas muy cómodas.

Este refugio es muy popular entre los montañeros que recorren Sierra Nevada.

Por la noche y a pesar de las bajas temperaturas, salí al exterior para contemplar el cielo estrellado. Un espectáculo sobrecogedor ya que la bóveda del cielo estaba cubierta por las brillantes estrellas, que sin contaminación de ningún tipo, resplandecían magníficas, podía verse la Vía Láctea con tal claridad que resultaba aplastante por su grandeza y dominando el centro, la constelación de Orión. Hacia poniente, siguiendo el camino de la puesta del sol, el lucero del atardecer refulgía sobre las cumbres nevadas con un brillo que yo jamás había visto.

 

Es un cielo nocturno para soñar con él. Después de dormir más o menos bien, me levanté con ánimos, aunque me sentía cansada. Desayunamos muy bien y dejamos la mayoría de las cosas en las taquillas asignadas. Así llevábamos en las mochilas lo imprescindible y nos preparamos para el ataque a la cumbre del Mulhacén; el aire era frío aunque el cielo despejado y claro. Comenzamos la caminata, como todos los montañeros, bien temprano y cuanto más ascendíamos más nieve encontrábamos y más duro resultaba, poco a poco comencé a sentir un gran cansancio y fatiga, un malestar que me asfixiaba y no creí prudente continuar, el mal de altura me restó fuerzas y les dije a mis compañeros que me volvía al refugio, era mejor eso que forzarme a seguir. Como dicen los grandes montañeros, “una retirada a tiempo es lo más prudente”. Me senté al sol y a descansar en el silencio que sólo se encuentra en un lugar como este, así más tranquila me puse a escribir estas palabras.

 

Con forme avanzaba el día volvían al refugio los grupos de montañeros que habían salido para realizar el ascenso al Mulhacén, peo mis compañeros se retrasaban. Hablando con ellos me hacían saber que mi grupo iban algo retrasados, pues se los habían encontrado por el camino, sin embargo, intuía que algo sucedía. A eso de las tres de la tarde podía oírse el helicóptero sobrevolando los alrededores, podía ver entre la capa de nubes que cubría la zona más baja de las cumbres, como se alejaba y se acercaba, buscando un objetivo, aquello me llenó de temor. La verdad ver el helicóptero en la alta montaña no significa otra cosa que un rescate. Mi inquietud aumentaba, todos estaban ya de vuelta menos ellos, no podía comunicarme con el grupo, como suele pasar, yo no tenía cobertura suficiente. A eso de las cinco de la tarde, hacen aparición cinco de mis compañeros y me hacen saber que uno de ellos se ha caído por dos veces; la primera se levantó algo aturdido, pero bien, volvió a descender y cayó de nuevo, esta vez sin posibilidad de levantarse, rodó al menos 400 mts. pendiente abajo. Habían hecho cumbre, pero aquella caída les restó la alegría y la satisfacción de contar su hazaña.

 

Dos de los compañeros se quedaron con el herido, que estaba consciente pero tenía problemas de espalda y una muñeca rota y gracias a que llevaba el casco puesto no sufrió heridas en la cabeza. Llamaron al 062, los servicios de rescate de la Guardia Civil y tras darles las coordenadas con el GPS., debieron de esperar una hora y media la llegada, al parecer estaban en otro rescate.

 

Cuando se lo llevaron, los otros dos compañeros bajaron hasta el refugio y nos preparamos con prisas para el regreso hasta el vehículo que nos esperaba en Capileira. La tarde languidecía, una jornada intensa y agotadora y pronto se ocultaría el sol entre las nevadas cimas.

Aunque el regreso lo hicimos por otra ruta, entre pinares nevados, más suave y con unas vistas magníficas del perfil de Sierra Nevada por su vertiente sur, los ánimos eran distintos, todos me contaban lo que habían sentido al ver caer y precipitarse a nuestro amigo, paralizados contemplando sin poder hacer nada como bajaba sin detenerse hasta quedar como un puntito inmóvil, la aventura de ser localizados por el equipo de rescate que no  los encontraba, era como cuando te narran una película de acción, todo parecía sacado de un guión de cine, pero nada más lejos y terriblemente real. Cuando dejamos atrás las Alpujarras, nos dirigimos a Granada, al hospital de traumatología para saber más de nuestro amigo; allí nos enteramos de que estaba mejor de lo que temíamos, varias facturas, pero nada tan grave como para dejarle una huella de por vida. Así con el ánimo más tranquilo, regresamos a casa, repitiendo una y otra vez nuestra aventura, contando una historia de montañeros con final feliz.

 

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El sonido de la lluvia despierta en mis recuerdos momentos lejanos, quizás en el tiempo, pero tan cercano en mis emociones como si nada hubiera transcurrido.

 Un suspiro, un revoloteo, un fugaz centelleo y todo queda atrás, ya no existe y sin embargo, aún percibo lo vivido. Me sincronizo con el momento viviendo cada instante sin preguntar qué ha sido ni cuándo fue. Es sólo la sensación de lo efímero de la vida la que me lleva a dudar de mi mente y de los recuerdos, de los sonidos y las imágenes que como un eco se pierden en la lejanía de la memoria humana.

 ¿De qué sirven retenerlos? Inundamos nuestros sentidos y, sin embargo, intento escapar de ese acto reflejo que mueve a los hombres: retener, atesorar. Si me rodeo de recuerdos viviré en ellos, pero los recuerdos ya no existen, escaparon en el tiempo hacia la realidad del pasado que se perdió en las ondas de la vida universal.

 ¿Cómo comprenderlo? Sigue la lluvia cayendo, consolando una tierra que se agrieta y envejece, que pierde su lucha contra el tiempo, abandona sin fuerzas ya para luchar dejándose llevar por los sucesos futuros, imprevistos, que dormidos despiertan constantemente. No se como puede ser, pero existe delante mi esos otros sentidos que están por llegar.

Sí, atrás, a mi espalda quedaron los recuerdos, por delante tengo la incertidumbre de lo inesperado. Así me confieso perpleja por lo fútil de la programación de la vida, el hecho de colocar todas los actos futuros en un lugar determinado del tiempo, sin saber si es correcto o no, si es necesario…, pero si mis pensamientos van cambiando a cada paso que doy, para ir evitando tropezar con las piedras, con los obstáculos en el camino, cómo se que mi reacción será la elegida a cada acción de la vida futura.

La fuerza de la Naturaleza no programa la lluvia, las nubes no se colocan estratégicamente para derramar su líquido, las gotas de agua no saben dónde caerán. El simple acto de llover es la conclusión de dejase llevar por la energía del mundo. Dejarse llevar, ni anclarse en el pasado ni programar el futuro.

Dejarse arrastrar por la marea para llegar a alguna orilla donde lo inesperado es lo afortunado. La lluvia despierta en mí sentidos y emociones, ya no hay recuerdos, sólo yo.

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Experiencias
El refugio

Gris plomizo, el cielo crepuscular no daba paso a esperanzas de una noche estrellada y fresca, sino más bien era una amenaza de lo que serían las horas nocturnas en aquella realidad de piedras y cumbres.

Oscurecía en el este tan rápido como los latidos de nuestros corazones, forzados en una difícil carrera por alcanzar lo que sería nuestro refugio, resoplábamos al mismo tiempo que las húmedas ráfagas de viento provenientes del collado y que parecía querer expulsarnos de su territorio, las altas montañas.

Aullaba y silbaba con más fuerza y alce la mirada  descubriendo la gama de grises que las nubes son capaces de mostrar, cabalgando a lomos del viento pronto dejarían caer el preciado líquido que aplaca la sed de la tierra, pero, ¿sería una lluvia suave y refrescante?, o ¿torrencial y peligrosa?

Nuestro objetivo no debería estar lejos, después de horas de pesado ascenso sobre piedras resbaladizas y terrenos inclinados cuyos ángulos hacen que el alma se encoja y esa voz interna grite con terrible fuerza y razón diciendo “este no es lugar para los hombres, es la tierra del viento y de los seres que si se han adaptado a las cumbres”.

Pero, ¿qué puedes hacer cuando ya estás allí arriba? Descender, que fútil esfuerzo entonces, llegas a casi conseguir lo que deseas y antes de alcanzarlo abandonas.
Hay coraje y valor, y aunque pueda parecer de necios, debemos alcanzar la meta.

El tiempo apremia, la noche llega sin remedio, las primeras gotas de lluvia hacen acto de presencia; volverse, tomar ahora esa decisión, podría ser un error. Descenderíamos torpemente y a ciegas, arriesgándonos a caer y perdernos en el fondo de algún vertiginoso acantilado. ¿Quién iría a buscarnos entonces?

La inminente lluvia sería la fatal compañía en la loca vuelta, ateridos de frío y a oscuras y si el clima nos obsequia con una demostración de su furia tronadora, estaríamos expuestos en la total intemperie a merced de los rayos capaces de partir peñas.   

El refugio no está lejos, es el sentimiento que todos compartimos en silencio. Sin saber como, aceleramos la marcha y sacamos fuerzas de algún lugar desconocido de nuestro interior, hay una recta en el camino que nos da un respiro para que nuestras fatigadas piernas descansen.

Alguien grita, casi no le entiendo, pero me doy cuenta que aquel que va primero señala hacia delante, miro en esa dirección y vulva a gritar, pero en mis oídos sólo oigo el tambor que con ritmo desenfrenado bombea mi sangre para darme fuerza y seguir a delante.

Esfuerzo la vista y me doy cuenta de que entren la espesa y oscura niebla que domina el lado norte del collado, puede verse una instalación. Esbozo una sonrisa y miro a un compañero, su rostro cansado y sudoroso me devuelve la mirada, hay una chispa de luz en sus azules ojos, ¡es el refugio!

Seguimos a delante más animados que nunca, ya no importa la lluvia ni el frío viento ni el cansancio, el refugio está ahí y pronto lo alcanzaremos.
Poco a poco veo su forma, construido con piedras, las mismas que forman esta montaña, de techo abovedado, posee una pequeña ventana y de una esquina sobresale el tiro de una chimenea, vuelvo a sonreír.

Todos parecemos muy animados, e incluso hay alguna charla mofándonos a nosotros mismos por ese angosto ascenso que nos mantuvo en forzado silencio.

Me quedan pocos metros por llegar y que el primero ya lo ha hecho, observo con alivio como abre la mohosa puerta de oscuro metal, pesada y de aspecto feo, pero una puerta que al ser cerrada impedirá que la tormenta sea un desagradable invitado.

Llegamos uno a uno sonrientes y sin saber porqué, como si estuviésemos sincronizados, nos volvemos a observar el paisaje circundante antes de introducirnos en ese pequeño refugio que por aquella noche convertiremos en nuestro hogar, cálido y protector.

Hemos recorrido una gran distancia y ahora nos encontramos en un medio hostil, nos sentimos un poco como aquellos exploradores perdidos en tierras no conquistadas por el Hombre.

La lluvia cae con más fuerza precipitándose sobre las piedras y tierra del camino, borrando nuestras huellas y de pronto una luz cegadora irrumpe seguida de un pavoroso trueno, mi corazón da un vuelco y siento temblar mis piernas, observo que mis compañeros se encogen con aquel rugido. Todos a la vez sentimos el poder del rayo y el trueno y asustados entramos en tropel en el interior del refugio, viendo otra cegadora luminiscencia y oyendo el potente tronar, pero esta vez ya estamos dentro y nada puede dañarnos allí.

El eco del trueno se aleja golpeando las cumbres de las montañas, la tormenta está sobre nosotros.
 




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